Mi primer pargo de la corrida

Mi primer pargo de la corrida

Mi primer pargo de la corrida

Suena el teléfono, casi son las 6 de la tarde, contesto: – Si, buenas tardes – oye Mayet soy yo Maikel – ¿qué hay? – Jandri y yo queremos ir a pescar hoy, dentro de un rato o mañana bien temprano. Pérate, te pongo con Jandri – mijo, ¿vamos o no? – no puedo, estoy enredao aún tengo algo de trabajo y mañana temprano también. ¡Vayan y luego me cuentan!

Eran Maikel y Jandri para ir a pescar pero les dije que no podía, le dije a Adriana, mi novia y me devolvió un “tú siempre estás en lo mismo”. Como dice el dicho “la suerte es loca…la moto no encendió tras un largo aguacero sorpresivo, típicos en la Isla de la Juventud, sobre su viejo cuerpo. Adriana me dijo que se iba para su casa y le dije: ¡me voy a pescar! Su cara no fue como para un buen recuerdo. Llamé a Jandri: – oye ya estoy libre – ok voy a buscar a Maikel.

Pitas, botas, short, pullover, mochila y el sombrero no, ni la gorra, porque no haría sol pero si hubo mosquitos. A esa hora la bicicleta estaba bajita de aire de la goma trasera pero mi espíritu de aventurero, en la sección de pesca, sobre todo, daba fuerzas a mis piernas y pa´lante. En Gerona solamente una ponchera brinda servicios un sábado por la tarde y está en calle 37 entre 16 y 14. Por allá pasamos, pues nos hacía camino. Dejé a mi pasajera en su casa y me dijo que me esperaría despierta; algo bien difícil de creer.
Sigo más liviano para la casa de Jandri. Antes de continuar les cuento los antecedentes de este episodio. En otras ocasiones habíamos conformado el FishingTeam en capítulos como: “el día de la picada buena por la mañana”; “la vez de los 143 escribanos” y el súper ronco que cogí y a Jandri se le cayó al agua, en ésta ocasión fue su hermano Joan con nosotros. Últimamente había cambiado de rumbo y a Punta de Piedras me iba a guacharear para las cenas de Ícaro mi querido e internacional perro, ahora retornaba por más a Gerona Beach.

¿Y Jandri? Le pregunté a su esposa, parada en el balcón de un segundo piso. Buscando agua, viene rápido – me respondió. Llegaron en instantes los dos desde diferentes direcciones. Me mandaron a comprar un litro de vino “pa´ calentar los motores”. Partimos en bicicleta hasta la casa de “el Cangrejo”, amigo de Jan y pescador de orillas por ley quien vive antes de la cochiquera, solo a un km de la playa. La carretera estaba recién asfaltada, todo un privilegio para nosotros, así que los ciclos avanzaban bien sin la necesidad de esquivar tantos baches, aunque ello ayuda para la vida.

Entramos por el portón de la casa del crustáceo y nos salió en defensa de su territorio Cocote, amarrado y sobre una vieja mesa de hierro. Jan lo regañó y dejó de ladrar. La señora de la casa nos saludó y dijo que su marido desde la mañana estaba para el mar. Dejamos los transportes allí y partimos nuevamente.

A pie pasamos la ciudad porcina, ovina y equina; además el basurero con un par de buzos “buscando corales”. En la caminada Jandri nos contó los sucesos de su primera pesca en solitario cuando él trabajaba en Cayo Largo y cogió sendos pargos. Riposté, para acortar la distancia, con el pargo que pesqué en el Barco Hundido por allá por la zona costera del Colony o playa roja, mi ejemplar tenía unas 6 libras y yo como 13 años.

Llegamos y cogimos a la izquierda por un sendero entre el mangle y los patabanes. Al unísono salían una mujer y un hombre con caras de no haber cogido nada. Caminando por la orilla hasta llegar a un árbol caído sacamos las chopas semicongeladas para preparar las carnadas y luego repartirlas a partes casi iguales. A unos metros había dos bicicletas en lo alto de un tronco seco y le dije a Jan que debían ser de dos que estaban a lo lejos y mientras cortábamos deliciosas raciones llagaron los colegas.

El más gordo conocía a Jan así que le cambiamos las cabezas de chopas por algunos escribanos y mojarras pequeñas. Ellos habían ido a buscar algo para la comida de los puercos. Las varas nos esperaban a escasos cincuenta metros. Se divisaban dos grandes grupos de varas y Maikel fue a la izquierda, Jandri al medio y yo a la derecha.

El agua prácticamente me daba por los hombros, por suerte el oleaje dormía. La pesca de orillas es como una batalla pues tienes que establecer una estrategia en cuanto al armamento con que cuentas: las pitas, cuerdas, nylons, hilos de pescar, fishing line o merlines. La “veterana” al frente, buscando el norte, a quien tocaron dos veces en toda la noche. Con sus 35lbs también de aguante envié la segunda al noroeste, como para el pinareño cabo de San Antonio. Y, por último, la tricolor, la más joven, al oeste como queriendo anclarla a una punta enmanglada dibujada en el horizonte.

La multicolor fue la primera en salir mandada ya pasadas las ocho de la noche, el carrete dio vueltas y lo atendí rápido era una cuberita, la primera de la jornada. ¡Saqué una cuberita! ¡Jandri y compañía ya tengo algo! Les dije jocosamente. Maikel se lamentaba de las picadas perdidas. Pocos minutos después Jan aló pa´ fuera una cubera de plato.

Yo seguía sin descifrar los alones y me uní al club de Maikel. A la hora Jan siguió al pescar otra mordelona de mejor tamaño. De ahí en lo adelante transcurrió un largo y húmedo silencio. ¿Nada Jan? No, nada. Maikel ¿dime qué? Nada, pero faltan 35 minutos. ¿Más de media hora pa ´qué? – me pregunto yo. Supuse que se trataba del horario de las buenas picadas, la hora de los pargos u otros “animales”.

En pasadas pescas Maikel tenía en su record tres parguetes y Jandri unas cuantas cuberas. ¡Faltan 15! La luna estaba en la creciente e iluminaba tenuemente, mas lo suficiente para ver el fondo marino a mis pies y entretenerme mirando mis manos las cuales al adentrarlas y sacarlas del agua brillaban como trozos dentados de la luna. El que había perdido tantas picadas como yo dijo que quedaban cinco minutos.

Fui sacando una a una las pitas y reencarnando con buenas raciones, vaya, así como: un bistec de res para el frente, una pechuga de pollo para el noroeste y para la tricolor una chuleta de puerco para acriollar la zona. De pronto la marea salía y unas cosas flotantes se asían a los cordeles. Pregunté a Jan y me contestó que eran lechugas de mar, ¿lechugas? Oye con la perdía que se dan en tierra firme. Estábamos en la hora, listo el arsenal, más de diez hilos de pesca adentrados en el mar con la inteligencia del hombre materializada y revestida de carne: el anzuelo; pero nada de nada.

Miro la media cara de nuestra bombilla natural. Unos vecinos lejanos, que no veía pero si escuchaba, callaban. La candelilla también me servía de entretenimiento curioso por su hermoso verde fosforescente al mover los dedos bajo el agua.

La tricolor se desprende rrrraaaaa!!!!!!!!! En un relampagueo estoy delante de la vara, con la mano derecha trato de soltar pita aprovechando una parada del pez. Antes de finalizar un segundo se manda de nuevo. Atacan los nervios. Miro hacia la vara y noto una trabazón del cordel con la horqueta. ¡A qué hora cojo…! doy por partida la pita en cualquier instante. Estiro el brazo izquierdo y aprieto la pita con pocas posibilidades. Gira el pez un tanto al norte, mi derecha. La vara se había inclinado por el embate.

Logro zafar el carrete de la vara y el muy condenado cae y se va a la deriva a unos metros de mi, tremendo enredo. La pita, estirada por casi un minuto en mi mano izquierda, se siente menos tensa y recojo con brazadas cautelosas. Le di y recogí pita pero nunca deforma fácil, pues el que mandaba era yo. A unos 5 metros dio sus cabezazos y dejé que el cordel hiciera lo suyo para cansarlo más. Me invadió el miedo bobo de que fuese una manta. Desapareció rápido cuando el pez enseño su lomo en rebeldes movimientos.

Los amigos preguntaban ¿qué es? Les dije recontento – una cubera, no, es un pargo como de tres libras. Que

El pargo tenía ya sus azañas

El pargo tenía ya sus azañas

daba confirmada la teoría del horario.
De cabeza metí al escamado en la mochila y llegó el plato fuerte: el megaenredo de la pita campeona. Si porque todo tiene su precio. Con la esperanza de que a Maikel o Jan le tocara a la puerta

o al anzuelo algo similar o mejor nos quedamos hasta las 12am. La pita del

pargo se iba a casa media enredada.

Pasada una hora y 20 minutos llegué remojado pero contento. En el fregadero pongo el trofeo para verlo bien y encontré algo raro. Tenía una pita fina de color rojo en la boca y yo, con el ánimo de quitarle los nudos a la multicolor había cortado el anzuelo en el mar y lo tenía aun en el bolsillo. Llamé a Jan, para contarle lo brabucón que era ese pargo en el agua, él sólo se rió. Le saqué el anzuelo de las agallas, muy bueno que estaba y era todo un regalo. Limpié el parguete y para el congelador. Ya andamos en planes de regreso al agua y quizás vaya, pero yo, yo ya tengo mi primer pargo de la corrida.

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